LA MIRADA DE MARTÍN

El margen de diferencia que hay entre la tierra y mi ventana son siete pisos. A esta altura puedo mirar el rostro de las montañas sin distancias. El cielo parece cubrir mi cabeza como un sombrero y en ocasiones tengo que agacharme para evitar que alguna golondrina tome por pista de aterrizaje mi tupida mollera.

Me basta la luz del sol para despertar, ya mi madre me ha dejado en la mesa de noche el bolso preparado con mi desayuno, sus labios untados de carmín me recuerdan el eterno ritual que acompañan las horas antes de ir al colegio. La corneta del transporte comienza a repiquetear desde más allá del portón de la entrada de las residencias. Los minutos y horas que transcurren en la clase parecen sueños que se repiten día tras día. Salvo ciertas novedades que interrumpen la monotonía. Hoy por ejemplo la maestra encontró a Claudia y a Fermín dándose un beso detrás de la cancha. Citación de representantes y una charla en clase sobre las consecuencias de los enamoramientos entre adolescentes en futura formación.

La hora de salida constituye una carrera a galope en donde sobrevive el que llegue más rápido al transporte. En la entrada del edificio saludo a Elvis, mi amigo el conserje, que a esa hora barre las escaleras de la primera planta. Tomo el ascensor hasta el piso 7. Abro la reja y después la puerta de madera. Cierro. Dejo el bolso encima del mueble, corro al baño a orinar. Me quito la ropa y la amontono sobre la cama, prendo la tele y sintonizo Discovery, voy a la cocina, tomo la vianda que esta encima de la mesa, coloco la comida a calentar en el micro, abro la nevera, destapo una malta, el timbre del microondas me anuncia que ya está lista la comida. Con la vianda en una mano y la malta en otra voy caminando despacio hacia mi cuarto. Me subo a la cama, veo la tele y comienzo a comer.

Justo a las tres de la tarde, el extraño ruido que hacen las palomas en la ventana del baño me despiertan. Recojo con pausados movimientos la vianda y la botella de malta debajo de la cama, voy a la cocina, lavo la vianda, recojo el bolso del mueble, lo arrastro al cuarto de la computadora. Prendo la compu, abro el explorer y empiezo a buscar el tema del proyecto: Consecuencias de la Guerra de Independencia en la Actualidad Venezolana. Corto y pego nombres en un documento World: Boves, Simón Bolívar, Zamora, Ribas, Sucre…pero nada de la actualidad en Venezuela. Imprimo las hojas y las escondo en el cuaderno. La otra tarea es leer sobre los métodos anticonceptivos. Busco sobre ellos en otra página. De nuevo, recorto, pego e imprimo, apago la computadora, hoy no quiero jugar.

Voy al cuarto recojo el uniforme de la cama, lo guardo en el closet. Busco una galleta en la alacena de la cocina y veo el programa sobre catástrofes naturales. A las cuatro termina el programa, tomo la silla y me asomo a la ventana. En el estacionamiento del edificio viven cientos de gatos, grandes, pequeños y de todos colores. Corren sin parar persiguiéndose unos a otros. Cuando los carros se estacionan salen de los puestos y se van para el terreno baldío que hay al lado. En ese terreno viven dos rabipelados que salen en la tarde a cazar los pichones de azulejos que anidan entre los Cujíes. Las aves además son acechadas por un gran gavilán marrón que se lanza en picada desde los árboles del cementerio viejo hasta el terraplén. A esa hora las mamás dejan salir a los niños del edificio para que jueguen en la cancha. Hay una pandilla de cuatro chamitos que parecen ser de la torre 1, se trepan por el muro del estacionamiento y armados con sus chinas comienzan a matar las iguanas que a esa hora buscan asilo en las matas bajas del único Samán que queda en la abandonada parcela.

A las 5 escucho a mamá abriendo las puertas del apartamento, me saluda desde la sala, como siempre coloca la bolsa de pan y leche en la mesa de la cocina, va a su cuarto, se desviste, se baña. Cuando sale me da un beso en la frente y me echa la bendición, me pregunta cómo me fue. Yo le digo lo que hice en la escuela, cuando no pasa nada le invento un poco porque en la escuela casi siempre pasa lo mismo.

A las 6 mamá me da la cena, un pedazo de pan con queso amarillo y jamón, café con leche y gelatina. A las 6 y 15 llaman a mi mamá por teléfono. Ella habla calladita por el auricular como todos los días una hora aproximadamente. A las 7 y 20 va a la cocina, friega, llena las jarras de agua, hace el almuerzo del día siguiente, lo coloca en dos viandas. A las 8 prende la tele de su cuarto para ver Doctor House, a las 9 va a mi cuarto e interrumpe mi rutina de ejercicios en la bicicleta. Me pide los cuadernos para corregir las tareas, lee las hojas que imprimí en la compu y me pregunta sobre el nombre de algunos héroes de la independencia y sobre la importancia de los métodos anticonceptivos. Luego me dice que antes de dormir vuelva a leer. Busco la pijama y me la pongo. Leo. A las 9 y media mi mamá vuelve al cuarto, me da la bendición y me arropa con la cobija. Apaga el televisor.

A las 10 con mucho cuidado arrimo la silla hacia la ventana, veo las estrellas y la luna como el cascarón vacío de algún barco pirata. En el terreno se escucha el maullar de gatos en celo. No sé porque me acuerdo de Claudia y Fermín. Me aturde el canto de los grillos y las voces de los muchachos que hablan en la planta baja. El estacionamiento está lleno de carros. A las 10 y 15 vuelvo a colocar silenciosamente la silla en su santo lugar. Me acuesto y me arropo. A esa hora también escucho el leve sonido que emite el llanto de mi madre desde su cuarto, y como fina garúa va humedeciendo los objetos, paredes, puertas y ventanas de nuestro hogar.

(Por: Zunemig Alexandra Pérez 2008)

¡¡¡¡¡¡Volvimos!!!!! y esta vez con algunas cositas para leer en Vacaciones

Agosto siempre fue la promesa de los días de fiesta, cuando niña, mi familia solía alquilar casas en la playa, para pasar las vacaciones. Después de largas mañanas de sol y tardes de río, animábamos la noche relatando historias escalofriantes que con su maravillosa voz nuestra tía improvisaba. Entre la oscuridad de los bambúes jugábamos las escondidas, esperando que algún duende noctambulo helara con su aliento entrecortado todos los vellos de nuestro cuerpo. Este pequeño poema infantil y las tres leyendas latinoamericanas que a continuación publico representan la nostalgia de aquellos azules y majestuosos días.


ESPANTOS DE AMÉRICA LATINA
Brasil (Caipora)


Caipora, El Padremonte Aparece en los bosques, y un gran silencio lo precede. Unos dicen que se manifiesta como un hombre peludo que monta sobre un puerco espín, otros afirman que es un cazador malencarado de pelo grueso y verde, con los pies volteados hacia atrás, hocico de zorro y orejas con las puntas hacia afuera, brazos largos que casi tocan el suelo y piernas muy gruesas; una turba de animales lo acompaña. Es cruel y demoníaco con los que no le dan tabaco y con los que hieren sus dominios. Caipora es una palabra tupí que significa habitante del bosque.


Venezuela (La Sayona)

La Sayona es el espectro de una mujer altísima, esquelética, arrastrando una larga cola de túnica negra y haciendo un ruido de huesos que chocan; no tiene ojos, sino un brillo de brasas encendidas en el fondo de las cuencas. Se aparece a altas horas de la noche a los hombres que tienen malos pensamientos, y los guía hasta un sitio solitario donde les muestra su rostro. Luego los hombres aparecen muertos, con la piel desgarrada. Huye cuando escucha el canto del gallo en la madrugada.


Colombia (El Sombrerón)



Aparece como un ser infernal que lleva un sombrero gigante que abarca desde la cabeza a las pantorrillas, o como alguien misterioso con un enorme sombrero y un vestido negro que gusta de perseguir a los jovencitos que comienzan a fumar y a los borrachos; de noche los sigue y les dice: “si te alcanzo te lo pongo”. En la provincia de Antioquia lo tienen como un jinete con un gran sombrero y una ruana negra, y si no va montado lleva gruesas cadenas y dos perros enormes; a su paso lo siguen fuertes vientos y huracanes. En Nicaragua es un hombrecito que cabe en la palma de la mano, que casi no se ve debajo de un sombrero de alas enormes y siempre lleva una guitarrita con la que embruja a las niñas bonitas; siempre va seguido de una recua de mulas cargadas de carbón.


La bruja en Jet
(Felisa Sonnoli)



En esta casa ruinosa
vive una bruja canosa.
Hasta ayer tenía encerrado
un embrujo con candado.

El candado se rompió
y el embrujo se escapó.
¡Pobre bruja sin embrujo!
¿Se acabó el mal que produjo?

Esta bruja tonta y sola
no viaja más en escoba.
Y como lo puedes ver
ahora solo viaja en "jet".

¿Adónde ha ido a parar
esta señora en su andar?
Me lo ha dicho un mensajero
venido del extranjero.

En otra casa ruinosa
de una villa muy famosa,
ella instaló su taller,
con sus "cucos" otra vez.

Tiene una mona vestida
de mucama divertida,
y un sapito de portero,
que juega con un balero.

Pero no hace maleficios.
Ha perdido hasta su oficio
de armar líos ella sola.
¡Pobre bruja sin escoba!

FABI


quiero que este lamento llegue hasta tu tierra negada
como un roció de vientos nórdicos

los golpes en la cabeza presagian mi destino

un vacio…..taladrante emponzoña
destroza vientre: nada

cómo continuar siendo después de la muerte
soy sólo una cosa que desanda

tú que te asomaste a mi ventana y sonreíste
ahora es tiempo para volverme a mi lugar

guarda esta muñeca en la vieja caja de zapatos

entiérrala

desteje las trenzas… me resisto, no quiero jugar más

Texto del poeta venezolano Paz Castillo.Ilustraciones por:Vicky Sempere

EL PRÍNCIPE MORO

Yo conozco un cuento de un príncipe moro
que hallo en el fondo del mar un tesoro
.

Cuéntanos el cuento del príncipe moro.

Un hada muy mala lo hiso pordiosero,
le quito su reino con todo el dinero
y todas las cosas que en el reino había.

El príncipe andando al fin vio un lugar,
se le acerco a un hombre y le quiso hablar
mas, como era moro nadie le entendía.

y por fuerza, el pobre, tuvo que callar.


Un día el príncipe, cansado de andar,
quiso arrojarse de cabeza al mar.
Adiós patria mía, le dijo a las olas,
cielos de mi tierra, costas españolas
que no veré más. Adiós vida, adiós.

Del fondo del agua surgió una voz,
diríase el canto de una sirena,
que le lleno el canto con su melodía,
y el príncipe inmóvil, clavado en la arena,
miro que del fondo del agua salía
una linda moza de carne morena:
Era el hada mora que lo protegía.

Príncipe, dijo, tu voz, tu tristeza
cruzaron las aguas y me han conmovido.
Le tendió las manos sobre la cabeza
y el príncipe vio su reino perdido.
Allí está mi reino, dijo alucinado enseñando el vago azul del mar.

¡Oh! Príncipe mío, no lo has conquistado
Aún, dijo el hada
...Hay que trabajar...
Y le dio un anzuelo para que pescara.
Atado a la punta de larga vara
El cordel tenía anzuelo y plomada;
Luego entre las ondas, se fue hundiendo el hada
Sobre la infinita dulzura del mar.

El príncipe, entonces, se puso a pescar.
Y pasaron días…y no pesco nada.
Su vida se hiso cada vez más dura.
Apenas tenía prendas de vestir.

Le llegaron horas de hambre y de amargura
Y estaba cansado hasta de vivir.

Por fin el anzuelo trajo un pescadito
que era como la luz del sol:
el ojo vivaz, el cuerpo chiquito
y coloradito como un caracol.

Al ver al buen moro le dijo al oído:
Tírate en las aguas conmigo en la mano.
¿Y él se tiró?


Como un rayo el príncipe se lanzo atrevido
y bajo hasta el fondo del mismo océano


Y cuando volvió,
con el pescadito aún en la mano,
estaba en las playas del reino perdido.
Frente a él, vestida por la luz del día,
con los pies desnudos en húmeda arena,
vio una linda moza de carne morena:

Era el hada mora que lo protegía.

¿Y el pescadito?

En sus manos se volvió un puñal.
Una voz muy suave como de cristal,
le dijo: príncipe atrevido,
vete a tu palacio, entra decidido,
que a tu paso franco se abrirá el portal.

Tus viejos sirvientes, los que te han criado,
saldrán para verte, y, alborozado,
Antonio, tu ayo, aquel viejecito
que sobre tus hombros te llevo a cabrito
tartamudeando, ansioso de hablarte,
con sus nobles barbas barrerá la alfombra
príncipe querido para saludarte.


Mas si el hada mala se acerca en la sombra
y te dice amores, y amante te nombra
no escuches sus voces. Húndele en el pecho
el puñal que llevas del lado derecho
del cinto.


Bueno ¿y qué pasó?

Que el príncipe tonto se quedo encantado
oyendo sus voces, y el reino encontrado
de nuevo perdió.

¿Y el puñalito?
Se tornó pescado y se volvió a la mar.

¿Y el príncipe?

Como le quedo el anzuelo
dicen que de nuevo se puso a pescar…

Niña Bonita


Ana María Machado (Río de Janeiro, 1941) es autora de varias novelas para adultos y de cerca de un centenar de libros para niños, muchos de ellos traducidos a distintos idiomas, editados en 16 países y merecedores de todos los premios literarios que se conceden en Brasil y algunos del extranjero. En 1996 fue candidatizada por la FNLIJ, sección brasileña de IBBY, al premio Hans Christian Andersen.


* * * * *


Había una vez una niña bonita, bien bonita. Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes. Su cabello era rizado y negro, muy negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega en la lluvia.

A su mamá le encantaba y a veces le hacia unas trencitas todas adornadas con cintas de colores. Y la niña bonita terminaba pareciendo una princesa de las Tierras de África o un hada del reino de la Luna.

Por eso, un día el conejo fue adonde la niña y le preguntó: -Niña bonita, Niña bonita, ¿Cuál es tu secreto para ser tan negrita? La niña no sabía pero inventó: -Ah, debe ser que de chiquita me cayó encima un frasco de tinta negra.

El conejo fue a buscar un frasco de tinta negra. Se lo echó encima y se puso negro y muy contento. Pero cayó un aguacero que le lavó toda la negrura y el conejo quedó blanco otra vez.

Entonces regresó adonde la niña y le preguntó: - Niña bonita, niña bonita ¿Cuál es tu secreto para ser tan negrita? La niña no sabía, pero inventó: -Ah, debe ser que de chiquita tomé mucho café negro.


El conejo fue a su casa. Tomó tanto café que perdió el sueño y pasó toda la noche haciendo pipí. Pero no se puso nada negro.

Tuvieron conejitos para todos los gustos: blancos, bien blancos, blancos medio grises, blancos manchados de negro, negros manchados de blanco, y hasta una conejita negra, bien negrita. Y la niña bonita fue la madrina de la conejita negra.

Cuando la conejita salía a pasear siempre había alguien que le preguntaba: -Coneja negrita, ¿Cuál es tu secreto para ser tan bonita? Y ella respondía: -Ningún secreto. Encantos de mi madre que ahora son míos.


 

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